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medio siglo después

  • Foto del escritor: Marcial Dougan Champion
    Marcial Dougan Champion
  • 17 dic 2025
  • 3 Min. de lectura


Aprovechando que el año 2025 está llegando a su fin, quiero destacar que ha supuesto una importante efeméride al cumplirse medio siglo desde otro año de singular relevancia para Guinea Ecuatorial y para los guineanos en general: el año 1975. Es evidente que no posee la trascendencia simbólica de fechas como 1968 —la Independencia— o 1979 —el Golpe de la Libertad—, pero tras esta exposición se comprenderá la profundidad de su importancia histórica.

No es posible entender la trascendencia del año 1975 sin retroceder aún más en el tiempo. Me refiero al Convenio firmado entre el Gobierno del Estado español y el Gobierno de la Federación de Nigeria sobre la contratación de trabajadores nigerianos para su empleo en las entonces provincias españolas de Fernando Poo y Río Muni. Dicho acuerdo fue suscrito inicialmente el 14 de septiembre de 1957 y posteriormente enmendado mediante otro de fecha 8 de junio de 1961. Estos convenios permitieron la llegada de miles de trabajadores nigerianos, cuyo enorme esfuerzo contribuyó decisivamente a que, en 1967, la producción de cacao alcanzara las 40.000 toneladas, situando al territorio —pese a su reducida extensión— como el sexto productor mundial.

En 1975, a raíz de los malos tratos y de una serie de muertes violentas de ciudadanos nigerianos a manos de las autoridades del sangriento régimen del Presidente Macías, su homólogo nigeriano, Murtala Mohammed, envió aviones y barcos a Guinea Ecuatorial para evacuar a sus compatriotas. Dado que el acceso a estos medios de transporte era gratuito y que, debido a la urgencia de la situación, no se exigía documentación acreditativa, muchos guineanos aprovecharon la ocasión para liberarse del yugo de la tiranía, haciéndose pasar por nigerianos y exiliándose en Nigeria.

Sin embargo, la importancia de aquel año no se limita únicamente a este episodio, ni tampoco al hecho de marcar el inicio del declive económico y el final de la época dorada del cacao. 1975 fue la chispa que encendió la mecha: a partir de entonces se desató una ola de valentía sin precedentes que empujó a miles de guineanos a emprender el camino del exilio. Algunos huyeron por tierra, cruzando fronteras; otros lo hicieron por mar, en precarias canoas sin motor ni brújula, muchas de las cuales nunca alcanzaron puerto seguro. No se puede olvidar tampoco cómo familias enteras fueron arrojadas al océano por los propios dueños de las embarcaciones que, en teoría, debían conducirlas hacia la libertad.

Evidentemente, no se puede conmemorar el transcurso de medio siglo desde entonces como una fecha digna de celebración. El exilio nunca fue ni será algo deseable, especialmente cuando tantos compatriotas perecieron en sus intentos de huida, y cuando otros muchos fueron descubiertos, apresados y brutalmente torturados en las cárceles. A todos ellos y a sus descendientes, desde estas líneas, les rindo mi más sincero y respetuoso homenaje.

Algunos de aquellos exiliados, de manera voluntaria o forzosa, nunca pudieron regresar. No obstante, dicho con toda la prudencia y el respeto necesarios para no ser malinterpretado, también es justo reconocer que gracias a ese exilio masivo entre 1975 y 1976 muchos guineanos lograron, en primer lugar, salvar sus vidas y, en segundo lugar, formarse como personas, estudiar o labrarse un futuro económico. Y como quedó demostrado con el tiempo, muchos de ellos regresaron posteriormente para contribuir al crecimiento y al desarrollo del país. De ahí la importancia del citado año.


 

 
 
 

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